Redescubriendo el mundo a los treinta
y tantos
Cuando se suponía que por edad ya teníamos cierto conocimiento del mundo, resulta que no, que poco de lo que nos han inculcado y enseñado sigue vigente.
Ahora toca desaprender, revisar creencias y cuestionar nuestro modelo de un mundo que nunca volverá
16 May 2015  |  maldomao   BREVE         

El Estado no existe (La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos)

Han publicado en la web del Instituto Juan de Mariana una interesante serie de artículos sobre la teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos. El primero es estupendo. Saco lo mejor:

El profesor Bastos comienza preguntándose si existe el Estado. Y llega a la conclusión de que no existe, de que es un ser hipostático, sin entidad real. El Estado no existe más allá de las personas que lo componen. Su existencia es mental, es un sujeto imaginario. Detrás del Estado se esconden un grupo de personas organizadas, jerarquizadas, que se dedican a una serie de funciones, normalmente extraer recursos al resto de la sociedad. Pero la idea de que el Estado existe es muy útil para dominar a la población. Las personas no le pagan los impuestos a Mariano Rajoy, se los pagan a un ente llamado España. Pero realmente se los están pagando a Mariano Rajoy, y él los reparte y los distribuye después. No existe nada llamado España, Francia o Italia. Son únicamente entes creados mediante símbolos: banderas (trozos de tela que representan, según se nos enseña desde pequeños, a ese ente imaginario al que hay que prestar lealtad), himnos (partituras musicales a las que hay que jurar obediencia), uniformes, monumentos, etc. Todo ello representa simbólicamente al Estado como una entidad que trasciende a las personas que lo gobiernan. La diferencia entre el poder tradicional y el del Estado es que en el Estado rendimos pleitesía a algo abstracto, frente a las viejas formas políticas donde se prestaba obediencia o acatamiento a una persona o un grupo de personas particulares: al rey, a un noble, a un dignatario eclesiástico o a un jefe tribal. Ahora a quien se obedece, se paga tributos, se ofrece la vida o se presta servicio militar es a un ente imaginario, que esconde a personas concretas, organizadas y jerarquizadas.

Buena parte del currículum escolar se dedica a inculcar a los niños que el Estado existe. El gran triunfo del Estado moderno, la gran astucia, consiste en que, en vez de obedecer a una persona —el rey, el emperador— a la que vemos poderosa, mandando, pero también con sus defectos y su peligro, ahora obedecemos leyes y a una entidad abstracta, en apariencia inofensiva, pero que esconde a personas reales que detraen rentas al resto de individuos. Todo esto se consigue gracias al sistema estatal de enseñanza, por medio de la asignatura de Geografía y la idea de mapa, que acaba creando una imagen mental de los países. La única forma, por ejemplo, de ver España —más allá de las calles o paisajes concretos en los que estamos— es a través de un mapa. La Geografía le confiere al Estado una existencia real, lo personifica: España le compra tal mercancía a Alemania. Y la Estadística, la ciencia del Estado, contribuye a esa personificación al ofrecer todos los datos en agregado: España consume tal cantidad de energía. El Estado, en definitiva, cuenta con los rasgos de una corporación, pero con una característica especial: el poder monopolístico.

Aquí yo añadiría el papel importantísimo de la televisión (marcó camino la televisión pública creada por el franquismo y luego han seguido las demás con el enfoque nacional), que complementa perfectamente al sistema educativo. Sigo con el artículo:

Pero si no existe el Estado, ¿cómo aparece entonces, se pregunta el profesor Bastos, la dominación política? El Estado como instrumento, tal y como lo conocemos hoy, es un invento de la Revolución Francesa, antes no se podía hablar de un Estado como un ente abstracto dotado del atributo de la soberanía. Los Estados modernos son sucesores de las viejas formas políticas. El mainstream de la Ciencia Política —Charles Tilly, Michael Mann o Barrington Moore, entre otros— reconoce que el Estado tiene un origen criminal. Es una institución con estructura mafiosa, un grupo de personas organizadas que extraen recursos al resto de la sociedad. Los teóricos están de acuerdo en que el Estado nace de la violencia, de la conquista.

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En definitiva, según estos autores, el Estado no tiene un origen inmaculado sino violento y basado en la conquista. Así lo señalaba Robert Higgs y, hace unas décadas, Charles Tilly: el Estado nace de la violencia y la guerra, el reino mejor organizado, con mejor capacidad militar, se impone sobre los demás. Pero el proceso no acaba ahí. Los reyes establecen unas fronteras para evitar que llegue otro rey que haga peligrar las conquistas y las rentas que extraen a la gente. Establecen normas para que no haya conflictos entre los dominados; si los dominados se enfrentan entre ellos, el rey perderá tributos. Pero estos gobernantes saben que el poder amparado únicamente en la fuerza es muy inestable. Es mejor dominar por las ideas. De esta manera, contratan a una serie de intelectuales, cortesanos, que justifiquen y canten su poder, en muchos casos divinizándolo (de hecho, el Estado ha logrado que se le rinda un culto de latría, por ejemplo, ponerse de pie cuando suena el himno o arrodillarse delante de la bandera son elementos tomados de la teología católica). En la actualidad ese papel de loa al Estado lo representan las universidades: las facultades de Economía se dedican por completo a justificar la intervención del Estado en la sociedad; las de Políticas a establecer una teología del poder político; y las de Derecho a reivindicar el positivismo como única fuente de obediencia. Virgilio y Horacio fueron poetas de cámara y, posteriormente, filósofos como Hobbes, Bodino, Spinoza o Hegel no tuvieron reparo en colocarse al servicio del Estado para legitimarlo. Por tanto, el poder del Estado se diferencia de la mafia en que busca una legitimación, no es violencia únicamente. Y una de las fuentes de legitimación más importantes es la idea de contrato social. Jay Nock, en Nuestro enemigo el Estado, intenta desmontar ese concepto de contrato: qué clase de contrato es ese en el que falta una tercera parte que pueda resolverlo. Si el Estado no cumple, ¿quién ejecuta el contrato?; cómo se puede firmar un contrato con el Estado si las personas se encontraban previamente en un estado de naturaleza sin ninguna capacidad de obrar; y, un contrato firmado por mis antepasados, ¿me puede comprometer a mí? La idea del contrato social es poderosa, está muy bien trabada, aunque resulta inadmisible desde el punto de vista jurídico. Pero es una fórmula de legitimación muy potente. Si un contrato así no se lo admitiríamos, por ejemplo, a una compañía telefónica, ¿por qué admitírselo, señala el profesor Bastos, a un ente que además nos arrebata aproximadamente la mitad de nuestras rentas y, en muchos casos, nos exige incluso dar la vida o nuestra libertad por él en guerras, servicios militares u otro tipo de trabajos forzosos?

Así, la divinización del poder y la idea de contrato social vinculante son las vías principales para legitimar que haya que obedecer, pagar tributos y dar la vida por el Estado. Mediante esos elementos se va construyendo poco a poco la doctrina del poder político. El Estado moderno no se ve obligado siquiera a usar la fuerza bruta —aunque en última instancia por supuesto que la usaría, ningún Estado ha renunciado al monopolio de la violencia—, sino que le basta con crear una serie de doctrinas que se enseñan de manera forzosa en las escuelas públicas y privadas para que las personas acaten ese poder desde la infancia sin ningún tipo de cuestionamiento. Toda la legitimación se hace a través del currículum escolar: historia del Estado, lengua del Estado, ética del Estado, geografía del Estado y filosofía que justifica la existencia del Estado.

También interesante la segunda parte sobre los tres pilares en los que se sustenta el Estado moderno: poder, territorio y población.

Bastos entiende que hay que distinguir el poder político de los demás poderes. El poder, siguiendo a Robert Dahl, consiste en que alguien haga algo aunque no quiera hacerlo. En ese sentido el único poder que existe es el político. Los filósofos políticos romanos discutían sobre qué es más importante respecto al poder: el hierro o el oro. Y no hay duda: el hierro lleva al oro. Y eso es lo que define el poder político (de qué le valió el oro a los romanos cuando llegaron los godos; o a los ricos de Rusia o Cuba cuando aparecieron los comunistas). El hierro, las espadas, las armas, la violencia siempre se impone. Esta es la cuestión fundamental de la teoría política. Muchos de los ricos que vemos ahora derivan su posición de una concesión previa del Estado (la concesión de los teléfonos, de las eléctricas, privilegios a la banca, patentes, protección arancelaria, concesión de rentas, canonjías, monopolios, etc.). Siempre es el poder político el que domina al económico. El poder político se basa en la fuerza o en la amenaza de utilizar la fuerza contra la propiedad y la libertad de los súbditos. En última instancia, el poder deriva, según la clásica definición de Max Weber en Economía y sociedad, de detentar el monopolio —pretendidamente legítimo— de la violencia física en un territorio. Y de esa violencia derivan poderes económicos y de propaganda (que en puridad no son verdaderos poderes, pues no pueden ejercer la violencia ni obligar a hacer algo a alguien que no quiera hacer, es decir, cabe la resistencia frente a ellos). Sin embargo, el pensamiento único establece que quien domina es quien cuenta con el oro (lo vemos claramente en el argumentario de Podemos, por ejemplo).

Frente a los Estados antiguos, el Estado moderno se caracteriza por ejercer el poder en un territorio determinado. El mundo está divido en cuadraditos, unos más grandes y otros más pequeños, en los que hay un Estado que gobierna. En ese sentido, nos han convertido en seres territoriales a través de mapas (lo explica Benedict Anderson en Comunidades imaginadas), discursos de legitimación (John Agnew en Geopolítica desmonta toda la retórica que hay en torno al poder territorial del Estado: la idea de frontera natural y de espacio vital), etc. Somos capaces de asumir, por ejemplo, que de España emigre un millón de personas, pero no que se separe una comunidad, un territorio, de un millón de personas (Asturias o Cantabria, por ejemplo), cuando a efectos económicos es lo mismo. Hemos interiorizado que importa el territorio, no las personas. La idea de territorio implica continuidad territorial (los enclaves, Gibraltar, sin ir más lejos, nos parecen horribles; aunque hace siglos las ligas de ciudades eran muy comunes y, por tanto, la continuidad territorial era inexistente) y soberanía (esto no siempre fue así, en el mundo anterior al Estado moderno había varios poderes en disputa, como el papado y el imperio, lealtades cruzadas, distintas jurisdicciones, leyes y fueros en función de cada persona, etc). Hasta tal punto hemos interiorizado la idea de territorio que, por ejemplo, podemos imaginar una España sin catalanes, pero no una España sin Cataluña.

El tercer elemento es la población. En los Estados modernos la población opera a través del concepto abstracto de nación. Es la idea de que la población de un determinado territorio comparte atributos y rasgos comunes, en muchos casos imaginarios: lengua, religión, raza, etnia, historia, leyes comunes, etc. El Estado no ejerce su poder en el vacío, sino sobre una determinada población que debe contar con puntos en común que permitan una identificación con ese Estado. Pero esto no siempre fue así, antiguamente la población carecía de atributo nacional alguno —la nacionalidad es un concepto de la Revolución Francesa—, lo explica Carlton Hayes en El Nacionalismo una religión: la comunidad nacional pasa a formarse siguiendo el camino de los ritos, obligaciones, liturgia, adoración, etc., que antiguamente utilizaron las religiones

¿Y quiénes son esas personas organizadas, se pregunta el profesor Bastos, que gobiernan el Estado? En realidad se trata de unos pocos miles de personas. La tesis pluralista considera que el poder está difuso, que todos tenemos algún tipo de poder, repartido entre toda la sociedad: el poder lo disfrutan las personas a través de su participación en el cauce democrático, manifestaciones, activismo social y político, crowfunding, etc. La tesis elitista entiende, por el contrario, que el poder está concentrado en unas pocas personas que actúan de manera conjunta. Es una vieja teoría que plantearon un siglo atrás los italianos Gaetano Mosca y Vilfredo Pareto y el alemán Robert Michels y que sostiene que toda sociedad está gobernada por un grupo de personas experta en el arte y los mecanismos de la política, que actúa de manera coordinada y que domina a todo el conjunto. La idea de casta no es del todo correcta, puesto que casta en puridad hace referencia únicamente a un tipo de élite derivada del nacimiento (las castas de la India, por ejemplo); la clase política, en cambio, es un concepto que engloba todo: nacimiento, mérito (tecnocracia), élites guerreras y sacerdotales, plutócratas… Este grupo de personas cuenta con la principal característica de gobierno, esto es, la virtud de extraer rentas al resto de la población. Esta clase está constituida por personas de enorme ambición, que sienten placer luchando por el poder y el mando, con gran autoestima y, al contrario de lo que se suele pensar, muy trabajadoras. James Burnham estudió en Los maquiavelistas a los autores que explicaron la verdadera naturaleza de la política, que se caracteriza, lejos del mito democrático que se nos vende, por estar en manos de unos pocos. Pero esa clase política domina siempre que satisfaga a la clase social. Aquí entra en juego el concepto de Pareto de la circulación de las élites: cuando una élite está anquilosada llega una nueva y la expulsa. Pueden variar las formas, pero siempre hay una clase política que detrae rentas y domina al resto de la población. Por último, esa clase política cuenta a su vez con una fórmula, es decir, una legitimación con algún tipo de idea o principio que le permita gobernar. Hoy domina, por ejemplo, el principio del progreso económico y la idea de la democracia (otras ideas pueden ser la construcción del socialismo, la expansión del islam, etc.). La fórmula acaba legitimando el poder de esa clase política.

En definitiva, el Estado está compuesto por un grupo de personas organizadas, especializadas, con habilidades de mando y con capacidad de detraer rentas al resto de la población. Unas rentas, eso sí, que son extraídas de manera sutil: en nombre de la justicia social, la equidad, las externalidades, etc.

Muy interesantes también algunas partes y especialmente el final del tercer artículo que examina cuál es la dinámica de funcionamiento del Estado. Saco algunos párrafos:

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El Estado también se construye de forma interna a través de un proceso que los teóricos conocen como state-building. Este proceso consiste en ir eliminando uno por uno todos los poderes que hacen sombra al Estado, ir laminando todo contrapoder.

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Toda esta operación de aniquilamiento de los poderes locales tiene su razón de ser, puesto que las personas eran más leales a lo que tenían más próximo que a un Estado central y alejado. En tercer lugar, el Estado trata de suprimir el poder religioso (buena parte de las iglesias reformadas, cuyas cabezas pasaron a ser ocupadas por un soberano, se sometieron por completo al poder estatal; las iglesias ortodoxas se convirtieron en iglesias nacionales; y la iglesia católica, la institución que más se resistió a ese proceso de expansión interna estatal, fue debilitada hasta acabar transformada en una ONG, un ente que cobra del Estado, que cuenta con una serie de privilegios y que se limita a ver, oír y callar). Este sometimiento del poder religioso tampoco carece de lógica, puesto que históricamente las personas se han mostrado mucho más fieles a su religión que al Estado. Y el Estado no puede consentir la amenaza de que exista una moral distinta a la suya.

Y, en cuarto lugar, el Estado lleva a cabo un proceso de descomposición de la familia. Aquí opera la misma lógica que la que venimos mostrando en las líneas precedentes. La familia es una fuente de lealtad contra la que el Estado no puede competir (resulta harto complicado que un hijo denuncie a sus padres por no pagar impuestos), de ahí que, desde la perversa lógica estatal, la única solución pase por debilitar los lazos familiares. El proceso de domesticación de las familias comienza con el sistema estatal de educación a edades muy tempranas (ya no son los padres los que educan, sino que lo hace el Estado a la fuerza), pasa por la regulación de las relaciones amorosas (el Estado sanciona los matrimonios y divorcios) y termina con el cuidado de los ancianos (con lo que se rompe el sistema de lealtad tradicional: ya no son los hijos los que cuidan a los padres).

Este proceso de expansión interna del Estado que hemos señalado se concreta a través de una serie de pasos. En primer lugar, mediante la apropiación de la ética. Baruch Spinoza señalaba que la ética la debía marcar el Estado (no la religión, la moral o la tradición). Y el Estado se ha acabado atribuyendo el papel de decidir lo que es bueno y lo que es malo (así, ha impuesto valores supremos como la corrección política, la ideología de género, unos modos determinados de vida saludable y de alimentación, las relaciones sexuales desacralizadas, etc.). Es un proceso que logra gracias a su control absoluto de la educación, que va permeando una serie de ideas en los alumnos (por ejemplo, el dogma de que la democracia es buena). En segundo lugar, por medio del proceso de creación de la ley. Antiguamente el Estado no hacía la ley, simplemente la ejecutaba. La ley venía dada por la tradición, la moral o el Derecho natural. El gran salto se produce cuando el Estado pasa a hacer la ley, determinar lo que es justo e injusto, asignar los recursos, castigar de manera monopolística, etc.

En tercer lugar, expropiando los medios de pago a la sociedad. El dinero fue creado de manera privada gracias al orden espontáneo del mercado. El Estado podía usar la moneda, pero no podía crear o determinar qué era dinero. A día de hoy, en cambio, el dinero es lo que el Estado decide (tanto en lo que respecta a la propia definición del dinero, como a su cantidad y calidad). Este proceso ha derivado en la concesión de operar en régimen de monopolio a las bancas centrales y de todo tipo de privilegios al conjunto del sistema bancario. Otra consecuencia es que el dinero, frente a su carácter universal anterior (cuando el dinero era el oro), se fragmenta territorialmente (mediante un proceso de nacionalización y estatalización de la moneda, lo cual carece de lógica económica).

Y, en cuarto lugar, el Estado lleva a cabo su expansión interna mediante el privilegio de decidir cuánta propiedad pueden disfrutar los individuos. Se parte del principio de que toda la propiedad es del Estado y, a partir de ahí, se concede, por meras razones de eficiencia, que una parte de la misma esté en manos privadas (aunque siempre sometida al interés público). Se trata de una carta blanca que permite al Estado confiscar, vía impuestos y sin límites de facto, las propiedades de sus súbditos.

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