Redescubriendo el mundo a los treinta
y tantos
Cuando se suponía que por edad ya teníamos cierto conocimiento del mundo, resulta que no, que poco de lo que nos han inculcado y enseñado sigue vigente.
Ahora toca desaprender, revisar creencias y cuestionar nuestro modelo de un mundo que nunca volverá
14 Jun 2015  |  maldomao   BREVE         

Los pobres no necesitan paternalismo

Me encantó esta entrada en Politikon donde Roger Senserrich (que por cierto, para ser estadounidense escribe en español de maravilla; me encanta su estilo directo y comete muy pocos errores) saca conclusiones de un estudio sobre pobreza hecho en EEUU.

Viene a decir que los pobres no necesitan paternalismo estatal (en forma de servicios sociales), que son capaces de administrarse bien y saben lo que tienen que hacer para salir de esa situación; lo que necesitan es dinero para salir del estrés del día a día que no les permite planificar ni tomar decisiones a medio o largo plazo.

No sé lo generalizable que es la conclusión anterior, pero es muy atractiva la idea de que la gente que cae -por circunstancias o mala suerte- en una situación de pobreza solo necesitan un impulso monetario para salir del agujero. Considero al autor bastante fiable en estos temas; además de estudioso de la pobreza tiene bastante experiencia en la atención social en EEUU.

Como digo me gusta como escribe y recomiendo leerlo entero, pero saco lo mejor que es bastante:

Los gobiernos tienden a complicarse la vida cuando intentan solucionar la pobreza infantil. Todos los países desarrollados tienen una lista casi interminable de programas de asistencia social que buscan solucionar alguna de las privaciones y necesidades derivadas de la pobreza ofreciendo una variedad de servicios.

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Esta serie de programas de asistencia social, sin embargo, no parece funcionar tan bien como debería. Para empezar, cualquier familia con pocos recursos que se enfrente a la maraña de servicios del estado de bienestar necesita tener casi un equipo de asesores para saber dónde tiene que ir. En los casos en que alguien se apunte a todo, es bastante probable que tenga que dedicar todo su tiempo libre a cursillos y talleres tan bienintencionados como paternalistas. Con suerte, todos estos servicios no acabarán por volver locos a sus receptores, pero probablemente harán poco para eliminar la mayor preocupación de una familia pobre: simplemente, no tienen dinero.

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Como hemos dicho alguna vez, hay una cantidad de evidencia empírica considerable que señala que dar dinero directamente a la gente que no tiene parece funcionar extraordinariamente bien como forma de sacarles de la pobreza. Lo que los autores quieren averiguar, en este caso, es cual es el mecanismo causal que explica estos resultados.

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Los resultados son curiosos. Primero, las familias pobres no dedican todo el dinero a un apartado en particular, sino que reparten el gasto en una variedad de usos. El gasto en comida comprada en supermercados, guarderías y desplazamientos aumenta, así como en cosas como ordenadores, salud o educación. Lo más curioso, sin embargo, es que los padres también parecen destinar algo de dinero a ocio (ir al cine, parque, excursiones) mientras que reducen el gasto en tabaco y alcohol de forma considerable.

Dicho en otras palabras: cuando a una familia pobre le das dinero, en la inmensa mayoría de los casos parecen saber perfectamente dónde deben gastarlo para que las cosas vayan mejor. Son pobres, pero no tontos; más que clases sobre cómo ser mejores padres, lo que necesitan es más ingresos. Cuando se les da dinero directamente, sin condiciones asociadas, lo dedican a usos productivos (educación, salud, comida) y actividades que reducen sus niveles de estrés (ocio, vivienda, transporte). Gracias a este mayor margen de maniobra, consumen menos tabaco y alcohol, ya que no tienen que fumar o beber una copa para quitarse los nervios.

Estas conclusiones son importantes por dos motivos. Primero, refuerzan la idea que el principal problema de las familias pobres es que no tienen dinero, y no otra cosa. Como hemos explicado alguna vez, la escasez material crea un estrés considerable, y esta misma presión de no saber qué depara el futuro, de vivir siempre al límite, a menudo basta para hacer que una persona con pocos recursos no pueda planificar a largo plazo.

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Segundo, y más importante, las conclusiones del estudio deberían llevarnos a replantear el diseño de gran parte de nuestros estados de bienestar. Ofrecer servicios a los pobres para arreglarles sus problemas puede sonar como una solución válida, pero es horriblemente paternalista. Los pobres saben por qué son pobres. Cuando tienen los recursos para hacer las cosas bien (o un colchón para no perder la cabeza), resulta que quieren ayudar a sus hijos y hacer lo necesario para salir de la pobreza.

Es hora, por tanto, de empezar de perder el miedo a las transferencias fiscales directas. La prioridad de cualquier intervención pública debe ser aumentar los ingresos disponibles a corto y medio plazo, confiando que la inmensa mayoría de receptores no son cretinos insensatos. ... Los estados de bienestar, sin embargo, a menudo parten de la idea que la pobreza es el fruto de una imperfección o carencia de los que la sufren, y busca maneras de “salvarlos”. La realidad es que los pobres a menudo necesitan dinero, no lecciones morales u hojas de ruta.

Muy buena también esta entrada en JotDown del mismo autor donde explica porque los pobres en algunas circunstancias no pueden salir del agujero. Saco la parte final:

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Se ha hablado mucho estos días en Estados Unidos sobre si existe una «cultura de la pobreza», sobre si la gente con pocos ingresos lo que necesitan es menos servicios sociales que les rían las gracias y más lecciones sobre fortaleza moral. Ojalá fuera tan sencillo. La realidad es que cualquier persona medio normal que viva bajo los niveles de estrés, angustia y temor de estar cerca de la pobreza no tendrá las más mínimas ganas de que alguien le explique sus errores. Sencillamente estará demasiado agotado para prestarle atención.

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El foco de los autores, su pregunta inicial, es explicar por qué los pobres toman decisiones que a menudo parecen irracionales. Por qué compran alcohol, juegan a la lotería, fuman o tienen televisión por cable. Por qué no ahorran y prefieren comprarse un televisor LED de cincuenta pulgadas a abrir una cuenta de ahorros.

Su conclusión, basada en una cantidad tremenda de evidencia empírica, es que los humanos tenemos un «ancho de banda» limitado a la hora de procesar información y tomar decisiones. Podemos atender unas pocas cosas a la vez, podemos preocuparnos por un número limitado de proyectos, pero llegado un determinado nivel de actividad y problemas que confrontar no damos más de sí. El «ancho de banda» disponible, sin embargo, no depende demasiado de la inteligencia o talento de cada individuo, sino que está fuertemente influenciado por el contexto. Alguien sin preocupaciones inmediatas puede procesar una cantidad considerable de información y tomar decisiones a largo plazo.

Cuando alguien afronta una situación de escasez material inmediata, sin embargo, su capacidad cognitiva se concentra en responder a esa amenaza, a ese riesgo inmediato, dejando de lado cualquier otro problema a afrontar. Alguien en la pobreza tiende a vivir obsesionado por lo inmediato, por el problema que tiene justo ahora mismo al frente. No hace planes sencillamente porque su cerebro no le deja pensar en nada más. Es una respuesta primaria, el cerebro de cazador-recolector obsesionándose con su necesidad imperativa de supervivencia. Y lo es hasta el punto de producir una reducción de la capacidad de razonamiento medible y verificable; un descenso del coeficiente intelectual de quince puntos solo por estar sufriendo ese estrés. Para haceros una idea, es el equivalente a tener que tomar decisiones tras una noche sin dormir.

La experiencia de la pobreza, el día a día de no saber cómo vas a pagar el alquiler, no saber qué vas a hacer con tus hijos, no saber cómo vas a poder alargar los treinta dólares para una compra que te llegue hasta el viernes, es algo increíblemente duro. Es angustioso para los adultos que viven en este mundo, y es aún peor para los hijos que crecen en una familia así, con padres que viven abrumados por este miedo constante. Para un niño crecer en un contexto de estrés tóxico, de inestabilidad familiar, padres agotados, gritos constantes y el temor constante de perderlo todo es extraordinariamente doloroso, especialmente durante la primera infancia. Crecer con algo parecido a estrés postraumático hace que salir de ese pozo sea algo mucho más difícil (las habilidades de aprendizaje se resienten, peores habilidades sociales, falta de modelos), perpetuando aún más el problema.

Cuando hablamos de pobreza, por tanto, nunca podemos olvidar lo extraordinariamente duro que es sufrirla. No estamos hablando de vivir en pisos pequeños, comer mal, no ir al cine o estar en un barrio feo de la ciudad. Estamos hablando de miedo, angustia y temor constantes, a menudo en solitario, sin que nadie se digne a prestarte atención.

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