Redescubriendo el mundo a los treinta
y tantos
Cuando se suponía que por edad ya teníamos cierto conocimiento del mundo, resulta que no, que poco de lo que nos han inculcado y enseñado sigue vigente.
Ahora toca desaprender, revisar creencias y cuestionar nuestro modelo de un mundo que nunca volverá
16 Aug 2014  |  maldomao   BREVE         

Interesante reflexión de Enrique Dans sobre la conveniencia de que las infraestructuras de telecomunicaciones pasen a manos públicas; dado el mal funcionamiento y riesgo para la neutralidad de la red de la gestión privada actual.

Saco lo mejor:

que las redes de telecomunicaciones constituían un monopolio natural, y que la opción verdaderamente liberal que realmente servía mejor los intereses de los usuarios no era su gestión entre operadores en libre competencia, sino su gestión pública.

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La importancia de las redes de telecomunicaciones en la competitividad de un país es enorme: una red de telecomunicaciones bien desarrollada es fundamental a la hora de definir factores que van desde la igualdad de oportunidades hasta el nivel de desarrollo de iniciativas innovadoras y emprendedoras, con todo lo que ello conlleva. Y si bien la gestión pública ha sido pocas veces la más eficiente, parece claro que la gestión privada en régimen de competencia abierta lo ha sido, en este caso, menos aún, generando un escenario en el que los incentivos a la inversión son cada vez menores: el papel del regulador, claramente, se ha convertido en una misión imposible: si no impone control al incumbente, éste anula toda posibilidad racional de competencia. Si lo hace, disminuye los incentivos de éste para la inversión. Mientras, la propia inversión en infraestructuras se muestra enormemente ineficiente por las duplicidades o multiplicidades en las que se incurre, y la imposición de una garantía de universalidad se convierte en una rémora de notable complejidad.

Pero además, la gestión privada amenaza una de las características fundamentales que definen a las redes tal y como las conocemos: su neutralidad. La neutralidad de la red se está convirtiendo en la auténtica prueba del nueve en lo que a gestión de las infraestructuras se refiere: si las compañías de telecomunicaciones reclaman que no son capaces de gestionar de manera rentable sus redes si mantienen su carácter neutral, es la evidencia clara de que no son quienes deben gestionarlas, y de que es el momento de cambiar de modelo.

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El mayor peligro de una infraestructura de telecomunicaciones nacionalizada es precisamente ese: su posible uso como vehículo de censura y de adoctrinamiento. El mayor reto de un modelo nacionalizado sería, sin duda, defender la neutralidad de la red en ese mismo contexto, evitar la posible tentación del gobierno de turno de meter la mano en los contenidos que fluyen por las redes. Una tarea que, sin duda, tendría que estar sujeta a los correspondientes balances y contrabalances imprescindibles en estos casos, y cuyo buen funcionamiento es fundamental defender, una defensa que, por otro lado, podría seguramente aspirar a ser desarrollada de manera más eficiente en un ámbito pan-europeo.

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De entrada, podría dar lugar a un modelo de competencia menos sesgado, en el que los factores que realmente llevan a la industria a avanzar estuviesen sometidos a una dinámica de competencia real, no mediatizada. Podría, por otro lado, asegurar que las reglas básicas de esa comunicación no se condicionan a intereses empresariales, sino al bien común. Además, se eliminarían ineficiencias y se garantizaría una universalidad en la prestación del servicio que hoy parece complejo obtener bajo intereses privados. Y obviamente, no todo sería bonito, pero los problemas potenciales parecen razonablemente evitables bajo una óptica de control adecuado.

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