Redescubriendo el mundo a los treinta
y tantos
Cuando se suponía que por edad ya teníamos cierto conocimiento del mundo, resulta que no, que poco de lo que nos han inculcado y enseñado sigue vigente.
Ahora toca desaprender, revisar creencias y cuestionar nuestro modelo de un mundo que nunca volverá
6 Jun 2015  |  maldomao   BREVE         

Las ideas que legitiman el Estado hipertrofiado

Muy bueno el cuarto capítulo de La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (artículo anterior) que publican en el Instituto Juan de Mariana.

Este trata de las ideas que legitiman el omnipresente y omnipotente Estado actual; las ideas que provocan en la gente lo que yo llamo el síndrome de Estocolmo estatal: a pesar de que el Estado es un lastre para la mayoría de las personas (les dificulta lograr sus objetivos vitales), la gente esta muy agradecida al Estado, piensan que salen ganado en esa relación (no perciben gran parte de los costes), incluso muchos creen que sin él la vida sería muy difícil. Es tremendo.

Relacionado con lo anterior, otra percepción que tengo es que, en general, se cree que el Estado hipertrofiado actual es una de las causas del progreso material del siglo XX, cuando en realidad es una consecuencia: La riqueza acumulada por la clase media ha permitido medrar al Estado manteniéndose la calidad de vida de la gente. Como dice en el artículo, en la edad media los impuestos no pasaban del 10% porque por encima de eso la gente se relavaba, era tan pobre que no podían soportan una carga mayor. Ahora lo podemos hacer y lo hacemos.

Voy con el artículo que es lo interesante, lo pego casi íntegro por su interés:

¿Cuál ha sido el cambio sustancial en las ideas, se pregunta el profesor Bastos, que ha hecho que el Estado sea mucho más legítimo hoy de lo que lo era antes? Charles Adams, en su historia sobre los impuestos, For Good and Evil, señala que éstos históricamente nunca superaron el 10% del PIB. Los reyes, tiempo atrás, no recaudaban más no porque no quisieran sino porque no podían. Las personas se rebelaban, las revueltas de carácter fiscal eran frecuentes. Y es que el Estado no era visto como algo bueno, a diferencia de los tiempos actuales en los que es percibido como un ente positivo, racional, que defiende a los débiles. Y esa es, al cabo, la razón que posibilita el incremento de su poder.

Las causas que explican el auge del Estado desde principios del s. XX hasta el día de hoy son de tipo ideológico. Hay tres grandes ideas que llevan al Estado a adquirir el poder tan inmenso del que goza en la actualidad. Un poder, como señala William Marina, que acabará colapsando por el exceso de impuestos, tal y como le sucedió a Roma con los bárbaros.

La primera idea es la teoría científica de la necesidad del Estado. La desarrolla la Economía del Bienestar, con Paul Samuelson a la cabeza. Es la idea de los fallos del mercado (monopolios, externalidades, bienes públicos o información asimétrica), que justifica que el Estado intervenga para corregirlos. Pero los fallos del mercado no son tales: los únicos monopolios son los que crea el Estado, todo lo demás son situaciones de competencia; las externalidades se producen porque el Estado impide que se asignen derechos de propiedad; todos los llamados bienes públicos han sido privados en algún momento de la historia; la información no está dada, sino que solo se puede descubrir en el mercado.

La segunda idea re refiere al intervencionismo. Antiguamente se temía al Estado, que era visto por la gente con total recelo. Pero tras Keynes aparece toda una justificación, con un aparato teórico muy elaborado, del intervencionismo estatal, que lleva a los gobiernos a incurrir en déficits públicos, a establecer la tasa de interés, a alterar la masa monetaria, etc. El keynesianismo, así, hizo mucho por agrandar y legitimar el papel del Estado, con aquello de intervenir contracíclica y compensatoriamente. En las universidades únicamente se enseñan estas ideas intervencionistas. Todo se presenta desde el punto de vista del Estado: estadísticas, PIB, tasas de paro, tasa de inflación, exportaciones e importaciones, etc. Esto es, agregados estatales que no son reales para los actores individuales al tratarse siempre de promedios. Así, se implanta la idea de que toda la economía es estatal y, por tanto, la ciencia económica aparece siempre referida al Estado. Es la idea también de que el Estado puede estimular la economía, algo asumido por toda la población (el presidente del BCE, por ejemplo, actúa como los faraones: lo que dice tiene una repercusión absoluta e inmediata).

El tercer punto es la idea de la tecnocracia. Se trata de hacer ver que los técnicos del Estado están más legitimados que el común de los mortales para dirigir los asuntos económicos. Pero para acceder a la función pública no hay que demostrar conocimiento del mercado, saber producir o capacidad para dirigir una empresa, sino que hay que superar una serie de exámenes que consisten en recitar el funcionamiento del Estado. Y esa persona ducha en repetir el temario de una oposición es considerada un técnico: alguien legitimado para gobernar e influir sobre la vida del resto de la población.

Estas tres ideas, junto con otras de la tradición hegeliana (la visión de que el Estado es un ente absoluto, la razón encarnada que mejora la vida de la gente), son las que crean el poder del Estado moderno.

Y estas ideas se traducen, por un lado, en que la economía se plantea únicamente desde el punto de vista estatal (por ejemplo, cada Estado cuenta con su moneda, independientemente de que eso sea racional; los transportes públicos y las telecomunicaciones están configurados con criterios estatales, no de tipo económico, etc.) y, por otro, en el interés nacional económico, que se expresa a través del imperialismo (es bueno que el Estado se expanda y tenga colonias; por ejemplo, los gobernantes españoles deciden invadir Marruecos en 1925 y se apoderan de unas minas de fosfato, que Primo de Rivera acaba repartiendo a sus amigos: no hay ningún beneficio para los españoles, que tuvieron que pagar con sus vidas y sus impuestos esa guerra; los únicos beneficiados fueron quienes se quedaron con las minas; se trata de una redistribución de pobres a ricos; además, la decisión carece de lógica económica, pues es más barato comprar el mineral a Marruecos que el coste que supone conquistar las minas; por eso los imperios acaban fracasando). En el fondo siguen prevaleciendo las ideas mercantilistas: es bueno exportar mucho e importar poco, las devaluaciones son positivas porque fomentan las exportaciones, hay que acumular oro, la industria nacional debe ser protegida de la competencia mundial, etc.

En definitiva, el Estado es una máquina de predación: un grupo de personas que extrae recursos al resto de la población a través de tributos, privilegios o regulaciones. El truco de la política, su éxito, fue explicado por Marcus Olson en La lógica de la acción colectiva: beneficios concentrados sobre determinados sectores y costes difusos sobre todos los contribuyentes. La gran astucia del Estado consiste, en última instancia, en ocultarse detrás de una máscara: ninguno de nosotros aceptaría ser dominado por otra persona, pero sí admitimos con total normalidad ser dominados, entregando la mitad de nuestras rentas y poco menos que la totalidad de nuestras libertades, por el Estado, que se nos presenta bajo la máscara de España.

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