Redescubriendo el mundo a los treinta
y tantos
Cuando se suponía que por edad ya teníamos cierto conocimiento del mundo, resulta que no, que poco de lo que nos han inculcado y enseñado sigue vigente.
Ahora toca desaprender, revisar creencias y cuestionar nuestro modelo de un mundo que nunca volverá
20 Oct 2014  |  maldomao   BREVE         

Sobre el sistema sanitario estadounidense

Interesante artículo de Juan Ramón Rallo sobre el recurrente pero enigmático tema de la carestía del sistema sanitario estadounidense. No sé si será la verdad y toda la verdad sobre el asunto, pero por lo menos va mucho más a allá de los cuatro tópicos de los dogmáticos de lo público: Crisis del intervencionismo sanitario | Juan Ramón Rallo

Recomiendo leer el original pero saco casi todo por su interés:

Seguro que han oído más de una vez aquello de que en EEUU la sanidad es mucho más cara que en Europa pero que ello no se traduce en una mayor esperanza de vida. Semejante argumento vendría, supuestamente, a demostrar la superioridad de la sanidad pública sobre la privada. En realidad, la sanidad estadounidense dista de ser un modelo organizado en torno al libre mercado.

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Sin embargo, todo esto no explica la recurrente afirmación socialista de por qué EEUU gasta más en sanidad y, en cambio, no obtiene un mejor tratamiento sanitario reflejado en una mayor esperanza de vida. La tergiversación se encuentra en la última parte de la oración. Un sistema sanitario más eficiente no tiene por qué traducirse en una esperanzaagregada de vida más elevada. El último libro del economista Arnold Kling,Crisis of Abundance, se dirige, precisamente, a enterrar este mito de la progresía.

La tesis de Kling es que los estadounidenses reciben una cobertura sanitaria mucho más completa en lo que él denomina premium medicine, esto es, un tratamiento médico de alta calidad caracterizado por “un recurrente uso de especialistas, una utilización muy extendida de procedimientos de diagnóstico de alta tecnología y un número grande y variado de cirugías”.

EEUU es el país del mundo con una mayor ratio médicos especialistas/generalistas; se dan 1.400 visitas al especialista por cada 1.000 habitantes; los bypass son tres veces más abundantes que en Francia; las angioplastias son siete veces más frecuentes que en Reino Unido; hay un gastroenterólogo por cada 30.000 habitantes (en Canadá, 1 por cada 100.000); el número de máquinas que realizan resonancias magnéticas es de 7.000 (en España, unas 200), y el de máquinas que realizan tomografías computerizadas es de 7.300 (en España, unas 450). Es evidente, por tanto, que estamos ante una medicina de elevada precisión y calidad, lo que, necesariamente, tiene que elevar los costes de la sanidad. ¿Pero por qué no eleva la esperanza de vida?

Si nos fijamos, la característica de esta premium medicine es que en buena medida se trata de una medicina preventiva que no tiene por qué afectar significativamente a la esperanza de vida. Si todos los estadounidenses recurren cada mes a un tratamiento para detectar el cáncer, los costes de la sanidad se dispararán, pero la esperanza de vida no aumentará de modo apreciable

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La premium medicine opera de esta forma: en lugar de no hacer nada o recetar curas intuitivas que no aseguran al 100% la curación, trata de buscar las causas de la enfermedad concreta para ofrecer la cura adecuada. Por ejemplo, si sufrimos tos tenemos tres opciones: no ir al médico y esperar a que se nos pase, ir al médico y que nos recete un bote de Romilar que cuesta poco más de dos euros o someternos a un costoso tratamiento para detectar si la tos es un síntoma de bronquitis. Las dos primeras vías son la espina dorsal de la sanidad europea, y, evidentemente, son las más baratos y económicas; la última es la premium medicine característica de los EEUU. Lapremium medicine no logra grandes diferencias en la esperanza de vidaagregada, ya que en buena medida se verán contrarrestadas por otros factores mucho más decisivos, como la alimentación, el clima o los accidentes de tráfico.

En definitiva, el libro de Arnold Kling ilustra perfectamente por qué EEUU padece una crisis de abundancia: su cobertura sanitaria no tiene parangón en el mundo, y eso hay que pagarlo. Con todo, Kling no explica el punto clave en toda esta historia: ¿a qué se debe la exagerada difusión de la premiumen EEUU? Una posibilidad sería pensar que los estadounidenses están, efectivamente, dispuestos a gastar todo ese dinero en sanidad; otra, explorar si existe algún tipo de perturbación en el comportamiento de los individuos.

Aunque Kling no lo explica –y esto le conduce a otros errores de análisis–, la difusión de la premium medicine en EEUU se debe esencialmente a la socialización de los costes de la medicina que ha propiciado el Gobierno desde Franklin Delano Roosevelt. Durante la II Guerra Mundial los salarios se congelaron, de modo que los empresarios que querían contratar trabajadores, en lugar de ofrecer sueldos más altos, trataban de atraerlos con coberturas sanitarias más caras; una vez finalizada la contienda, los sindicatos –gracias a sus privilegios en la negociación colectiva– consideraron el seguro médico una parte esencial del contrato laboral. Esto extendió el seguro a millones de estadounidenses, favoreciendo una socialización de los costes de la medicina.

La socialización de los costes es la mejor receta para que se disparen. Imaginemos que un grupo de 100 personas acude a un restaurante de lujo y decide que cada uno pagará una centésima parte de la cuenta, con independencia de lo que haya comido. Todo el mundo tenderá a pedirse los platos más caros, sabiendo que la mayor parte de los costes recaerá en las 99 personas restantes. En medicina ocurre lo mismo: la extrema socialización de los costes favorecida por un seguro cuasiobligatorio multiplica la velocidad de extensión de los procedimientos de alta tecnología. Todo el mundo quiere utilizar las últimas innovaciones y los medicamentos más caros, conscientes de que son otros quienes pagan la cuenta. Las primas de los seguros no dejan de aumentar, pero los empresarios son presa de un absurdo sistema de negociación colectiva que les impide declinar la cobertura del seguro para sus trabajadores.

En un sistema de sanidad socialista como el europeo este problema no existe: es el Gobierno quien elige cuánto dinero recauda de los contribuyentes y qué servicios les proporciona a cambio. La voluntad del consumidor no cuenta para nada. Eso sí, en lugar de precios o primas de seguro crecientes, los europeos sufrimos una calidad de servicios decrecientes. No pagamos más, pero sufrimos las listas de espera y el colapso sanitario. En lugar de competir mediante los precios, competimos mediante las colas.

Así mismo, debemos mencionar otra causa de los elevados costes de la sanidad estadounidense: la enorme litigación por negligencias. Los tribunales han llegado a considerar negligencia que un médico seleccionara el tratamiento adecuado para un cliente en función de su renta. Por ello, los facultativos han desarrollado lo que se conoce como “medicina defensiva”, o, en palabras de George Reisman, “la práctica de prescribir pruebas y procedimientos no porque sean objetivamente necesarios dadas las circunstancias, sino sólo para proporcionarles una documentación que permita protegerles en caso de una ulterior demanda por negligencia”. Se calcula que un tercio de los costes totales de la sanidad estadounidense se deben a esta medicina defensiva.

Este brutal incremento de los precios derivado de la socialización de la medicina provocan que el acceso a la sanidad sea en muchos casos prohibitivo cuando no se dispone de un empleo; de ahí que muchas estadísticas reflejen, por ejemplo, una relativamente alta mortandad infantil en EEUU (ya que muchos recién llegados carecen de seguro sanitario y les resulta imposible acceder a los hospitales). Las clases más bajas son las que padecen los efectos de la abundancia decretada por el Gobierno.

La socialización de la sanidad provoca una paradoja que muy pocos entienden: quienes se encuentran dentro del sistema obtienen una magnífica cobertura a costa de quienes están fuera. Es la lógica del intervencionismo: robar a unos para entregárselo a otros.

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ACTUALIZACIÓN: Más interesante es aún este otro artículo de Rallo donde explica porqué ese sistema dista mucho de ser libre. Saco casi todo:

El asunto, empero, no es ni mucho menos tan sencillo. Tal como explico extensamente en Una revolución liberal para España, el sistema sanitario estadounidense no puede considerarse representativo de un mercado libre. Por el lado de la oferta, la competencia dentro de, por ejemplo, la profesión médica se halla artificial e injustificadamente perturbada por las licencias y los colegios profesionales. Y, sobre todo, por el lado de la demanda, el 90% del gasto sanitario estadounidense se canaliza a través de dos agentes distintos del propio paciente: las aseguradoras y el Estado (para que se hagan una idea del despropósito: en España el gasto público en sanidad asciende al 6,9% del PIB… y al 8,2% en EEUU). Ni siquiera en España la socialización de la demanda alcanza un grado tan elevado como en EEUU.

En particular, de cada 100 dólares que se gastan en la sanidad estadounidense, 45 los desembolsan las aseguradoras, 45 los programas estatales Medicaid y Medicare y sólo 10 el paciente de su propio bolsillo. Dicho de otro modo, los estadounidenses pueden gastar 100 dólares asumiendo únicamente un coste de 10. ¿Quién paga los 90 restantes? El resto de sus compatriotas (ya sea a través el Fisco o a través de sus pólizas de seguros). En EEUU, pues, no hay una correspondencia entre costes y beneficios sanitarios: cada ciudadano gasta 100 para recibir 20 porque, en última instancia, él sólo soporta un coste de 10. El incentivo para disparar el gasto es el mismo que si un millón de personas acudieran juntas a un restaurante, pidieran individualmente aquellos platos que quisieran y dividieran entre todos la factura final.

Y, en efecto, el estudio más exhaustivo que se ha realizado hasta la fecha acerca de los sobrecostes sanitarios en EEUU no deja espacio para demasiadas dudas: los sobrecostes se deben esencialmente a un crecimiento descontrolado de la demanda (canalizada sobre todo a la medicina de tipo preventivo), que es capaz de soportar precios crecientes debido a que nadie tiene el incentivo a dejar de gastar. Por mucho que aumente la oferta, la demanda crece más rápido, multiplicando los precios. De hecho, en otros tramos de la sanidad estadounidense donde no se produce esta socialización del gasto (porque los programas estatales o los seguros no los cubren) no se observa ningún crecimiento anormal de los costes: es el caso, por ejemplo, de los servicios de odontología.

En Europa, donde la sanidad pública es gratuita para el usuario (que no para el contribuyente), podrían ciertamente darse unas consecuencias similares a las de EEUU de no ser porque nuestros políticos racionan y contingentan los servicios sanitarios que reciben sus ciudadanos (los famosos recortes sanitarios son una práctica estructural del sistema, aunque se hayan hecho más visibles con la crisis): en el Viejo Continente, los dueños de nuestra salud no somos nosotros, sino los políticos y burócratas que organizan el sistema según sus gustos, necesidades e intereses (listas de espera, adopción tardía de nuevas tecnologías, tratamientos y medicamentos no cubiertos, aglomeración de pacientes…). Dicho de otra forma: losincentivos perversos sobre la demanda que conducen a hipertrofiar el gasto sanitario son los mismos en EEUU que en Europa, pero en Europa los políticos controlan severamente la oferta e impiden que el gasto se sobredimensione; es como si, una vez llegáramos al restaurante, el dueño del mismo nos limitara la cantidad y la calidad de lo que cada comensal puede solicitar: por mucho que nos incentivaran a solicitar muchos y muy caros platos, no podríamos.

Pero ¿cuál es el motivo de que la demanda sanitaria estadounidense se haya socializado hasta ese nivel? No, no crean que la causa deriva del libre y normal funcionamiento de los mercados: el problema viene tanto del establecimiento de Medicaid y Medicare (1966) como, sobre todo, del poderoso incentivo que supone, desde 1954, la exención en el impuesto sobre la renta y en las contribuciones empresariales a la Seguridad Social de los gastos asociados a la contratación de un seguro sanitario en favor del trabajador. Para gastar 100 dólares en sanidad en EEUU es necesario que el trabajador ingrese 200 dólares antes de impuestos… salvo que ese gasto de 100 se canalice a través de un seguro sanitario contratado por el empresario (en cuyo caso, basta con ganar 100 antes de impuestos: un descuento del 50%). Los acicates a canalizar todo gasto sanitario a través de un seguro contratado por el empresario son, pues, enormes, incluso con respecto a gastos que no deberían estar cubiertos por los seguros (como la mayor parte de la medicina preventiva).

Esta socialización del 90% del gasto sanitario estadounidense –inducida por el intervencionismo estatal– es el principal responsable de la hipertrofia de precios. EEUU no es un buen ejemplo de mercado libre sanitario, donde la mayoría de gastos sanitarios se deberían sufragar a partir del ahorro propio y sólo aquellos de naturaleza extraordinaria y catastrófica serían cubiertos por seguros:Singapur, o incluso Suiza, guardan mayores semejanzas y su gasto sanitario está absolutamente bajo control, al tiempo que su calidad es extraordinaria. Si algo ilustra el caso estadounidense son los efectos potencialmente devastadores del estatismo, incluso en sus dosis en apariencia más inocuas.

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