Redescubriendo el mundo a los treinta
y tantos
Cuando se suponía que por edad ya teníamos cierto conocimiento del mundo, resulta que no, que poco de lo que nos han inculcado y enseñado sigue vigente.
Ahora toca desaprender, revisar creencias y cuestionar nuestro modelo de un mundo que nunca volverá
30 Jun 2014  |  maldomao   BREVE         

Entrevista a Benito Arruñada

Traigo una buena entrevista en Sintetia a Benito Arruñada (autor del genial artículo La culpa es nuestra).

Son muy interesantes las investigaciones de este economista porque tienen un enfoque bastante particular: le preocupan las bases cognitivas e institucionales de los intercambios impersonales (economía); lo que le ha llevado a estudiar materias tan diversas como la estructura de los sistemas morales, o la estandarización de los derechos de propiedad.

La entrevista es bastante larga así que está dividida en dos entradas. Enlazo la primera y de ella se llega a la segunda.

Su propósito en la vida: satisfacer su curiosidad. Qué crack! Esta es la gente más fiable: como no tienen otro objetivo que llegar a la verdad, están libres de dogmas y de ideologías -se supone.

Lo único que no me ha gustado es que cuando habla de los valores en la educación me suena su discurso a cultura del esfuerzo, y se olvida de pasión, motivación, etc. Pero tampoco se extiende mucho, no sé cual es su opinión completa.

El resto está muy bien; buenísimo lo de los mitos sobre la economía. Saco lo que más me ha gustado:

[SU IDEA PRINCIPAL]

...entender las instituciones y valores es necesario para acertar al elegir y aplicar las políticas económicas.

[CRISIS DE VALORES]

...algunos de nuestros valores tradicionales (en especial, nuestro apego a las relaciones personales en detrimento de soluciones impersonales, institucionales) casan mal con una sociedad moderna y desarrollada, pero me temo que en las últimas décadas hemos retrocedido, por dos motivos. Por un lado, hemos disfrutado de un bienestar y un crecimiento que no habíamos hecho gran cosa por conseguir; por otro, hemos gestionado mal la educación, y no sólo en lo técnico sino quizá aun peor en lo relativo a los valores.

...

nuestro bienestar y crecimiento tenían bases endebles. Se basaban en el crédito y en una circunstancia afortunada: estar pegados al continente europeo, lo que nos permitió disfrutar dos shocks tan provechosos como la entrada en la Unión Europea y en el Euro.

...

Nos hemos endeudado para consumir o para acometer inversiones en gran medida inútiles. La inversión puramente privada ha ido bien, y gracias a aquella contamos con muchas empresas competitivas, pero las inversiones públicas, y también las privadas más condicionadas por lo público, han sido un desastre.

...

La educación la hemos gestionado mal: en vez de modernizar nuestros valores más anacrónicos, los hemos exacerbado. Hemos privilegiado el ocio sobre el esfuerzo; los derechos sobre los deberes; la libertad sin cortapisas sobre la libertad con responsabilidad. Hemos educado varias generaciones en la creencia inútil (incluso cuando cierta) de que el propio individuo es el menos responsable de su fracaso. Antes lo son los demás: los empresarios, los políticos, o abstracciones como el “sistema” o el “mercado”.

...

Se ha reescrito el código moral y se ha reescrito de una manera que hace al individuo menos productivo, menos libre y más infeliz.

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La educación valiosa es la que proporciona la propia experiencia en la financiación de la cosa pública. Importa, en especial, que el ciudadano pueda saber fácilmente qué impuestos paga. En este terreno, nuestro país es un modelo de ocultación de costes: los precios se publicitan con IVA, la mayor parte del impuesto sobre el trabajo se disfraza como “Seguridad Social a cargo de la empresa” y las retenciones del IRPF están calculadas para que a la mayoría de votantes les salga “a devolver”. ... Sólo aspiro a que cuando decidamos construir otra línea de AVE o subvencionar otro parque temático seamos igual de sensatos que al decidir si pintamos o no los portales de nuestras viviendas.

... [SOLUCIÓN]

Si fuera pesimista, tendería a pensar que el origen del problema reside en los valores, muy poco maleables a corto plazo. Siendo optimista, pienso que, sean cuales sean los valores, la conducta política de los ciudadanos se ve afectada sobre todo por la asimetría de información que padecen, que ésta es la que más determina el grado de competencia del mercado político. ... dados nuestros valores, es imprescindible que nuestra fiscalidad sea más transparente.

Hacer más transparentes los impuestos sería un primer paso, efectivamente, pero para aumentar la trasparencia hay otros muchos. Por ejemplo, ilegalizar la publicidad institucional que, por un lado, permite a los gobernantes hacer publicidad para propagar sus logros y esconder sus errores y, por otro, pone a la prensa en sus manos. La competencia en el “mercado de las ideas” del que forman parte los medios de comunicación es otro ingrediente necesario para una sociedad abierta. Suprimir los aparatos de propaganda cultural de los diversos gobiernos sería un ejercicio mínimo de higiene democrática. Acabaríamos así con la dependencia que existe entre los intelectuales y los presupuestos públicos.

[MITOS SOBRE ECONOMÍA]

1. El mito esencial es el de la solucionabilidad: pensar que el problema económico es más fácil de resolver que los problemas que han resuelto las ciencias físicas o la medicina. Este mito está detrás del idealismo socializante, tanto del revolucionario como del socialdemócrata. Para los economistas es una bendición porque les sitúa en posición de suplantar al mercado.

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Pero la economía es un sistema mucho más complejo que un cohete espacial o un ser vivo. La información necesaria para coordinar la economía de un país es ingente y no está dada, sino que hay que producirla y agregarla. La antigua Unión Soviética llegó a emplear 18 millones de funcionarios en tareas de planificación, y ya sabemos lo poco que consiguió: no sólo en cuanto a la pobreza sino a la desigualdad.

El mercado es el agente planificador por excelencia. Tiene fallos, pero mucho menores que los de la intervención intencional e inevitablemente política de la economía. Es un mecanismo imperfecto, y debemos ayudarle con buenas instituciones, como jueces independientes y leyes dispositivas sensatas.

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2. Un segundo mito es el de la falsa justicia. Consiste en olvidar los efectos sistémicos en términos tanto de ineficiencia como incluso de injusticia de las decisiones redistributivas. Lo padecen, a menudo, las decisiones judiciales o legislativas que derogan lo establecido libremente por las partes en los contratos.

Quienes así deciden lo hacen movidos por la compasión. Pretenden proteger a una parte débil o desafortunada; pero la consecuencia es que perjudican a todas las partes futuras con esas mismas características.

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Se han producido efectos similares en el mercado de alquiler de vivienda: la sobreprotección de los inquilinos ha generado que se alquile menos, que el alquiler sea más alto, que se exijan más avales, y que el sector sea artesanal, menos moderno, que el que existía hace cien años. O en el mercado de trabajo: las leyes franquistas, apenas modificadas por el Estatuto de los Trabajadores más que en materia de libertad sindical, dieron muchos derechos adicionales a los trabajadores. Seguramente, eso benefició a los que tenían empleo fijo en aquel momento, pero perjudicó a los que en esas nuevas condiciones no encontraron quién les contratara, lo mismo que aún sucede en la actualidad.

La lógica de estos casos es siempre la misma. El decisor tranquiliza su conciencia por la vía de redistribuir riqueza entre las partes que han suscrito los contratos vigentes, pero condena a los débiles que en el futuro no podrán contratar. Para beneficiar a los insiders que tienen contrato se perjudica a los outsiders que no lo tienen ni podrán tenerlo más que, en el mejor de los casos, a precios mucho peores.

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3. Un tercer mito, muy de moda, es el de la conspirabilidad, por el que se tiende a creer que la causa de una pérdida es la actuación malévola de otros individuos que se benefician de la situación a costa de los perdedores. Era el caso de los judíos en el pasado, como lo es hoy de los “especuladores” y financieros anglosajones respecto a la deuda pública o la prima de riesgo; o, incluso, a juicio de algunos, de nuestros vecinos alemanes respecto al euro.

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Damos así en llamar despectivamente “especulador” al que invierte en sentido pesimista, generalmente contrario al optimista, cuando en verdad ambos tipos de inversores son igual de especuladores y nadie compra sin que alguien le venda. Es más, ese inversor a la contra sirve una función social muy útil, pues cuanto antes aparezca antes se pinchan las burbujas. Pero tiende a aparecer tarde porque es muy arriesgado ir en contra del rebaño y no pocas veces solemos matar o, al menos, expropiar al mensajero.

[MÁS SOBRE LA SITUACIÓN ESPAÑOLA]

Nuestros problemas no se resuelven copiando las relaciones laborales austriacas, la formación profesional alemana o las escuelas finlandesas. Hemos de desarrollar soluciones adaptadas a nuestras características, en especial, a nuestros recursos, nuestros valores y, en el caso concreto de las leyes, a nuestra escasa capacidad de enforcement legal.

Mi intuición en ese punto es que nuestra capacidad para hacer funcionar modelos que son viables en la Europa del Norte es más bien limitada: somos más individualistas y debemos adoptar instituciones que lo tengan en cuenta. Debemos dotarnos de incentivos más individualizados. Las soluciones han de ser seguramente más liberales que las de Europa del Norte; y hoy lo son mucho menos.

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La libertad pasa por devolver poder a los individuos para que puedan contratar como desean: convertir reglas imperativas en reglas dispositivas, reglas que ahorren costes de transacción pero que no bloqueen la innovación organizativa.

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Por desgracia, quienes controlan las administraciones públicas insisten en complicar el terreno de juego empresarial: no sólo dictan miles de reglas que impiden la búsqueda de formas óptimas de organización, sino que generan desigualdad.

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Primero gravan y luego subvencionan selectivamente, en función de las modas y el peso político de los diversos sectores. Con ello, generan empleo público y gastan dinero doblemente. Pero, aparte de aumentar su poder, que es su verdadero objetivo, sólo consiguen distorsionar la ventaja comparativa. Es importante darse cuenta que esta ventaja sólo la conocen los empresarios. Sólo ellos tienen los incentivos necesarios para descubrirla. Menos que nadie, la conoce quienes administran el sector público.

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