Redescubriendo el mundo a los treinta
y tantos
Cuando se suponía que por edad ya teníamos cierto conocimiento del mundo, resulta que no, que poco de lo que nos han inculcado y enseñado sigue vigente.
Ahora toca desaprender, revisar creencias y cuestionar nuestro modelo de un mundo que nunca volverá
27 Jan 2015  |  maldomao   BREVE         

Rasgos de inmadurez cívica

Me ha gustado la parte final de este artículo publicado en Sintetia donde enumera varios rasgos de inmadurez cívica en la sociedad española.

Yo hace un tiempo hubiera pensado que esto era exagerado pero el éxito de 'Podemos' me ha hecho cambiar de opinión: desgraciadamente lo siguiente creo que describe bastante bien al español medio:

En nuestro país parece existir un amplio consenso sobre la necesidad de transformar estas burocracias Weberianas que continúan siendo nuestras Administraciones Públicas, reduciendo su grado de despilfarro y promoviendo una profunda regeneración estructural y política, pero ¿se corresponde tal consenso con una verdadera convicción para asumir nuestra propia cuota de responsabilidad como individuos en la deriva que estamos padeciendo? ¿Existe una auténtica autocrítica sobre ese tercer pilar esencial para el funcionamiento de toda nación desarrollada? No referimos, claro está, a la “sociedad civil”, concepto que no deja de ser un llamativo eufemismo para referirse a los ciudadanos y que difumina en un todo colectivo e indeterminado las individualidades que lo conforman, así como sus responsabilidades.

A nuestro entender, tres máximas prevalecen en el comportamiento colectivo y conforman el ADN de la sociedad española:

1.- La concepción del estado paternalista y la inherente asunción de que somos como niños que necesitan ser tutelados. El aparato estatal se concibe como un gran solucionador de todos nuestros problemas, lo que deriva en una enorme tolerancia (o indiferencia o desidia) al exceso de regulación, a la imposición y la intervención. Un estado, además, vertebrador de casi todas nuestras actuaciones, donde resulta muy difícil el desarrollo de iniciativas ciudadanas al margen de la tutela pública directa o indirecta. Consideremos, por ejemplo, el modelo “charity” de numerosos países anglosajones, que autofinancia cuestiones que en España nos parecen tan “estatales” como el patrimonio histórico-artístico. O los exitosos modelos “universidad+empresa+I+D+i” implantados en las naciones más avanzadas. O el mismo lobbysmo de EEUU, protagonizado por unos ciudadanos muy sensibles al destino de los impuestos que pagan, pero a su vez altamente desprendidos con su propio dinero cuando se emplea en causas que les importan. A los españoles nos queda todavía un largo camino que recorrer en este sentido. Largo no, larguísimo.

2.- La cultura del “dinero público no es de nadie”, que aunque nos resistamos a admitir racionalmente, prevalece de forma irracional en nuestros comportamientos. Una cultura que nos empuja a vivir de la subvención o a confiar en que siempre dispondremos de ella (convirtiéndola en derecho), y que también explica el alto grado de tolerancia social con el fraude fiscal, con las corruptelas cotidianas o la poca disciplina de gasto de tantos organismos públicos.

3.- La demanda del “gratis total”, por la que los ciudadanos no estamos dispuestos a pagar nada, asumiendo que es el Estado quien debe proveer una amplia cartera de bienes y servicios públicos sin coste, que además deben satisfacer sobradamente nuestras principales necesidades. Como tales servicios no se pagan directamente, mantenemos la ilusión de que son “gratis”. Por supuesto, los impuestos, el déficit y la deuda nos recuerdan cada día lo contrario, pero ojo: mejor que paguen otros, a ser posible “los ricos”.

...

Inmadurez cívica

Tales características denotan una base social todavía inmadura en cuestiones cívicas esenciales, en la que prevalece un sustrato de cómodo “buenismo”. En demasiadas ocasiones, a todos los niveles, no estamos dispuestos a enfrentar la dureza y las renuncias que impone la compleja y cambiante realidad actual, prefiriendo habitar en una ilusión de Arcadia Feliz. Si un problema no se debate ni se afronta, no existe: así no debemos enfrentarnos a nuestras propias inconsistencias éticas como sociedad y como individuos. Así podemos seguir presumiendo que el hombre es bueno por naturaleza y que por supuesto nosotros también lo somos, como el niño salvaje de Rousseau.

Queremos creer que nuestras instituciones son puras y bienintencionadas per se, y que velarán siempre por el mejor interés de todos. Por consiguiente, no asumimos la necesidad de establecer mecanismos transparentes, efectivos y directos de influencia continuada sobre ellas (algo que exige esfuerzo y dinero), complementarios a los canales políticos normales de representación. No “va con nosotros”, no reconocemos ni ejercemos nuestra cuota de responsabilidad personal más allá de la rutina del voto o de la protesta airada cuando las cosas no salen como nos gustan o como “nos prometieron”.

Al final, acabamos percibiendo los defectos y malos resultados sociales del sistema como algo ajeno y no como consecuencia de nuestras propias acciones u omisiones. Es este marco el que permite y que fomenta la existencia de los Lazarillos modernos y de quienes les sustentan, caldo de cultivo para la demagogia y los populismos de todo pelaje.

Mientras no cambiemos esta concepción añeja estaremos condenados a repetir una Tangentópolis perpetua (¡ah Italia, esa gran maestra!), en la que todo cambia para que todo pueda seguir igual. Porque la política y las instituciones, no nos cansaremos de repetirlo, son el producto, bueno o malo, de una buena o mala sociedad, compuesta por personas mejores y peores. Personas como ustedes y nosotros.

Pablo casado  |  00:11 - 2 Dec
Se puede ser más pedante?

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