Redescubriendo el mundo a los treinta
y tantos
Cuando se suponía que por edad ya teníamos cierto conocimiento del mundo, resulta que no, que poco de lo que nos han inculcado y enseñado sigue vigente.
Ahora toca desaprender, revisar creencias y cuestionar nuestro modelo de un mundo que nunca volverá
5 Nov 2013  |  maldomao   BREVE         

[Libro] El azar creador. La evolución de la vida compleja y de la inteligencia

En Hablando de Ciencia entrevistan a Ambrosio García Leal sobre su interesante nuevo libro: El azar creador. La evolución de la vida compleja y de la inteligencia

Me lo apunto en la lista de pendientes.

Sinopsis:

¿En qué dirección avanza la evolución? Hace mucho tiempo que los científicos se resisten a admitir que la evolución siga una dirección «ascendente», desde los organismos supuestamente «inferiores» hasta la complejidad que, por ejemplo, ofrece el cerebro humano. De ahí que autores como Richard Dawkins o Stephen J. Gould, tan enfrentados en otras cuestiones, coincidan en comparar la evolución con un camino errático y azaroso. En El azar creador, el biólogo Ambrosio García Leal hace una decisiva aportación a esta crucial incógnita: la noción de «bomba de complejidad»; ésta promueve la plasticidad fenotípica —o capacidad de modificar la fisiología, la anatomía o el comportamiento según los requerimientos del medio— y permite comprender por qué, a pesar de todo, los organismos parecen alejarse cada vez más de la complejidad mínima y cómo consiguen enfrentarse de modo eficaz a entornos impredecibles. Asimismo, introduce un nuevo concepto de la individualidad darwiniana, compatible con la integración de los individuos en asociaciones cooperativas susceptibles de ser favorecidas por la selección natural. A la hora de independizarse de la incertidumbre ambiental, el sexo y la capacidad de aprender desempeñan un papel fundamental. (Tusquets).

Algunos párrafos sin desperdicio de su entrevista:

El azar al que alude el título es la variación aleatoria de la que se alimenta la selección natural darwiniana, y que es el único aspecto azaroso del proceso evolutivo, algo que no acaban de entender los que cuestionan el darwinismo aduciendo que la vida compleja e inteligente no puede haber surgido «por azar». ¡Desde luego que no! Nuestra evolución es algo que requiere explicación, y una explicación en términos seleccionistas y adaptacionistas. Sí es cierto, no obstante, que a escala microevolutiva el mecanismo darwiniano no tiene ninguna dirección preferente. A la escala macroevolutiva del tiempo geológico, en cambio, observamos una tendencia hacia formas de vida cada vez más complejas e inteligentes. La resolución de esta paradoja, basada en la ganancia evolutiva de independencia de la incertidumbre del entorno, es la tesis principal de «El azar creador».

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La ciencia nos ha puesto en nuestro sitio: somos un animal más de un planeta más de un sistema solar más de una galaxia más (quizá de un universo más). Pero seguimos resistiéndonos a abandonar el centro del universo (lo que quizá sea comprensible si se considera que el pensamiento propiamente científico sólo existe desde hace menos de tres siglos, mientras que el pensamiento mágico y religioso se remonta a más de treinta milenios). De ahí que muchos se aferren a la pretendida libertad humana como expresión de nuestra supremacía sobre el resto de criaturas vivas. A quienes así piensan les resulta especialmente irritante oír que nuestras preferencias y conductas sexuales obedecen a instintos adaptativos, o que el amor, por mucho que lo sublimemos, no deja de ser un instinto reproductor.

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Como he apuntado antes, la idea de que nuestra conducta pueda regirse, al menos en parte, por motivaciones innatas e irracionales incomoda a muchos que la consideran incompatible con el libre albedrío. Pero esto es un error, porque el hecho de que un comportamiento venga determinado genéticamente no tiene por qué implicar que sea absolutamente rígido, incorregible o inmodulable culturalmente (algo que, dicho sea de paso, también tienden a dar por sentado los reduccionistas genéticos). A mí me parece que el debate «nature–nurture» es en buena medida un falso problema. Nuestra especie ha llevado la adaptabilidad comportamental más lejos que ninguna otra, por lo que es de esperar que la cultura tenga un papel crucial en la modelación de nuestra conducta, pero la adaptabilidad comportamental en sí misma es una facultad que tiene una componente genética.

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Los científicos tenemos como deber prioritario intentar comprender el mundo, y que nuestra comprensión del mundo sea lo más fiable posible. Puede que, simplemente, buscar la verdad a toda costa (aunque resulte «descorazonadora») no sea una prioridad para la mayoría. A fin de cuentas, los científicos y los filósofos nunca han pasado de representar una fracción ínfima de la humanidad, y desde luego no puede afirmarse que su eficacia biológica sea superior a la media.

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